Es un hecho innegable que la selección francesa de fútbol ha sido una fuerza formidable en el panorama internacional durante mucho tiempo. Esta realidad persiste, a pesar de comentarios recientes que intentan definir la identidad de sus jugadores basándose en estereotipos raciales, como los expresados por el ex presidente español Mariano Rajoy. Sus afirmaciones, que describían a los futbolistas franceses como carentes de una supuesta 'esencia' blanca y tradicional, revelan más sobre la visión del propio Rajoy que sobre la diversidad y el éxito del equipo galo.
Resulta sorprendente que, en la actualidad, aún existan discursos que intentan encasillar a Francia a través de clichés racistas, presentándolos como una especie de guía turística distorsionada. Sin embargo, estas opiniones no explican la verdadera razón por la cual Francia ha logrado, durante más de tres décadas, producir talentos futbolísticos capaces de desafiar a cualquier selección del mundo, especialmente a aquellas que compiten en torneos importantes como el actual Mundial, dada su cercanía geográfica.
De igual manera, estas teorías no logran explicar las propias virtudes futbolísticas de España, que son comparables a las de los franceses. Quizás, en un giro irónico, deberíamos agradecer al columnista Rajoy por no haber analizado las fortalezas de España, permitiéndonos concentrarnos en la estrategia para alcanzar la victoria. Porque una cosa es criticar la composición de un país amigo, y otra muy distinta, y mucho más urgente, es descifrar cómo vencer a un equipo que, en este momento, parece invencible.
España ya ha demostrado conocer el camino para neutralizar a Francia, como lo hizo en la Eurocopa de hace dos veranos. La clave reside en despojar a los delanteros franceses de su protagonismo y trasladar la presión a su defensa, que tiende a cometer errores cuando se siente amenazada. Esta vulnerabilidad se evidenció en la primera mitad de su partido inaugural contra Senegal, la única ocasión en la que se les vio titubear en todo el campeonato. Afortunadamente, Rajoy no estaba presente para presenciarlo.
El control del balón es fundamental para desarmar el arsenal francés. España ha dedicado años a perfeccionar un estilo de juego que prioriza la posesión, cultivando futbolistas capaces de manejar el esférico sin temor a las consecuencias. Por ello, podemos mantener la calma, aunque sin caer en la complacencia. Pocas noticias son más reconfortantes antes de enfrentar a jugadores como Mbappé, Olise y compañía, que saber que el único balón en el campo, tarde o temprano, terminará en los pies de Lamine Yamal.
Nunca antes en la historia de España hemos contado con una amenaza individual tan potente como la que representa el futbolista de Rocafonda para cualquier defensa rival. La España que lo ganó todo solía jugar cerca del área contraria, esperando una oportunidad. Con Lamine Yamal en el campo, el equipo es capaz de derribar barreras o incluso el techo. Esta selección puede adormecer a sus oponentes con paciencia, pero también despertarlos de su letargo con una alarma tan irritante como la de un radar de iPhone. Pocos equipos pueden llegar a las semifinales con un jugador tan especializado en transformar cualquier ataque posicional en un evento decisivo.
Francia seguirá siendo un rival formidable, independientemente de que Rajoy se atribuya la potestad de conceder o retirar pasaportes a la mitad de su plantilla. Su delantera impone respeto, su mediocampo domina el juego y su defensa parece sacada de un modo de leyenda de un videojuego.
Pero, afortunadamente, el fútbol no siempre se decide por estadísticas de rendimiento o por complejos análisis tácticos de laboratorio. A veces, basta un instante: un joven de 19 años (que en el momento de la publicación original tenía 18) recibe el balón cerca de la línea de banda, levanta la cabeza y obliga a todo un país a contener la respiración durante cinco segundos. Sospecho que ese es el mismo tiempo que Mariano Rajoy tarda en dictar sus columnas.