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La batalla de Juan contra las llamas en Bédar

Juan Cremades, residente de Bédar, Almería, relata su desesperada lucha de dos horas para salvar su hogar del incendio más devastador de Andalucía en 2026. Atr…

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Cuando Juan Cremades, un almeriense de 57 años, regresaba a su hogar en Bédar, una columna de humo en el horizonte le hizo pensar que el peligro estaba lejos. Sin embargo, al llegar, se percató de que las llamas provenían de la cresta de una montaña cercana, y en cuestión de minutos, su vivienda se vio rodeada por el incendio más mortífero que ha asolado Andalucía.

“Tomé mis documentos, un cepillo de dientes y un par de camisas. Llamé a mis animales para subirlos al coche y huir, pero el fuego avanzó tan rápido que ya estaba en el límite de mi propiedad y bloqueaba la única salida”, narra Cremades. En ese instante, comprendió que no podría escapar y decidió quedarse para defender su casa.

Una lucha desesperada en el corazón del fuego

A medida que el fuego avanzaba y el humo se volvía asfixiante, logró refugiar a cuatro de sus seis mascotas dentro de la vivienda. “Cerré todo a cal y canto. Me metí en la ducha con una bata de baño y toda la ropa y los zapatos. Me empapé y me envolví en toallas”, recuerda Cremades. Así comenzó una batalla de dos horas por su vida y su hogar, en medio de un incendio que cobró la vida de 13 personas y arrasó 7.000 hectáreas, aunque fue estabilizado el 13 de julio de 2026.

Cremades expresa su asombro por la rapidez con que se propagaron las llamas y la aparente falta de alertas. “¿Me pueden explicar cómo empezó ese fuego ahí abajo? A más de 25 metros de donde está y con el viento en contra. Esto es increíble, no entiendo cómo el fuego va corriendo. Esto se mete en mi casa. Por aquí no aparecen los helicópteros”, se le oye decir en uno de los vídeos que grabó.

El peligro inminente y la explosión de butano

Desde las ventanas de su casa, Cremades observaba el implacable avance del fuego. Un pequeño camión frigorífico que usaba como almacén comenzó a arder. Cerca de él, seis o siete botellas de butano empezaron a silbar y explotar. “Ahí me empecé a asustar. Reventó la primera y me escondí detrás de los muebles de la cocina por si alguna explotaba hacia la casa. Me senté en el suelo mientras escuchaba petardazos”, detalla.

En un momento, se dio cuenta de que las barandillas de madera de su terraza estaban en llamas. “Si el fuego llega aquí, se me quema la casa entera. Tengo que apagar ese fuego”, se dijo a sí mismo.

Ingenio y recursos inesperados

Con el rostro cubierto por una toalla mojada, abrió la puerta. “Cogí dos botellas de leche que tenía y las eché sobre las vigas que se estaban quemando como pude y me metí otra vez. El fuego disminuyó, pero con la temperatura que había volvió a prenderse. Cogí unas botellas de agua destilada de cinco litros y poco a poco hice lo mismo sobre las vigas. Volvían a prenderse, volvía a coger otra garrafa… Y a la tercera conseguí apagarlas”, rememora con voz acelerada.

Mientras combatía las llamas en las vigas, notó que un cobertizo debajo de la terraza, donde guardaba leña, ardía. “El fuego venía de ahí abajo y por eso se estaban quemando las vigas. Tomé garrafas de vinagre de cinco litros que tenía y desde arriba empecé a echarle el líquido, lo que pillara, cerveza, vino… Todo lo que fuera líquido”, explica.

En esos momentos de caos, Cremades actuó por puro instinto, manteniendo la “sangre fría” y la alerta. “Nunca pensé que me fuera a salir mal. Siempre pensé que me iba a salir bien. Lo que no sabía era cómo iba a hacerlo”.

El amanecer entre cenizas y la incertidumbre

Cerca de las 22:30, el fuego había amainado parcialmente. Salió con más garrafas de vinagre perforadas y roció donde aún quedaban llamas. “Conseguí apagarlo o a mí me dio la sensación de que se había apagado. Por lo menos ya no había llamas. Cogí los animales como pude y salí corriendo de allí”.

“Mi casa, mi campo, mis vecinos […] y aquí llegan los bomberos ahora, ahora cuando ya no hay nada más que recoger muertos”, dice en el último vídeo que grabó tras alcanzar la carretera. “En dos horas se carbonizó todo”. Cremades dejó atrás dos pequeños focos activos, gallinas, su gata Maya y su perro Athos, que lamentablemente no sobrevivió. Aunque la estructura de su casa cree que está “milagrosamente” intacta, las tuberías y los depósitos de agua se derritieron, liberando unos 70.000 litros de agua, un factor que, según él, pudo haber contribuido a salvarla.

“No te quiere llevar [Dios] por lo que sea, algo tendrás que hacer. No sé si para bien o para mal”, reflexiona. “Lo primero que pienso es en sobrevivir y en lo que tengo que hacer para tirar para adelante […]. Es una faena bastante grande”, añade con más calma.

La magnitud de lo vivido se hizo patente al día siguiente, al cuantificar sus pérdidas. “Perdí diez años de trabajo, de ahorro e ilusiones. Diez años currándomelo para tener árboles […]. Se me ha ido todo a la mierda”, lamenta desde el bar Marene, en Los Gallardos, mientras observa un par de coches calcinados remolcados. A pesar de todo, Cremades asegura que no puede quejarse y que su prioridad son sus mascotas y sus árboles, aunque se enfrenta a la incertidumbre de dónde vivirá. “Ahora tengo que evaluar dónde vivir, a ver si me merece la pena reparar la casa e intentar vivir allí rodeado de cenizas y de fuego”, concluye.